Cayetano

Cayetano

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Una llamada de última hora como preludio de una buena noche

Durante muchos años había querido asistir al pub el triángulo, en Madrid, pero nunca había surgido la oportunidad. No me gusta acudir a estos locales solos, pues, aunque seguramente te diviertas, prefiero ir en buena compañía. Todo eso cambio una dría tarde de febrero, cuando mi móvil sonó, había buenas noticias.

Una mujer me preguntaba por mi disponibilidad para esa noche, quería hacer una locura, quería experimentar, y el lugar escogido no era otro que ese club de intercambio.

La cita comenzó a las diez de la noche en el barrio de Ibiza, y aunque hacía frio, la noche era agradable, y ya desde el comienzo ambos supimos ver que sería una noche que tardaríamos en olvidar, si es que la memoria nos falla en algún momento.

La velada transcurrió en un elegante restaurante de la calle Ibiza, muy próximo al local donde más tarde daríamos rienda suelta a nuestra pasión. Recuerdo perfectamente lo nerviosa y tímida que estaba mi nueva amiga al comienzo, algo muy habitual, pero como poco a poco se iba soltando.

Hablamos de todas las ciudades y países que hemos recorrido, las diferentes culturas en las que nos hemos sumergido, y de todo lo que nos quedaba por hacer a los dos. Hablamos de ella, hablamos de mi, y con cada frase más cuenta nos dábamos de que estábamos congeniando, de que estábamos disfrutando de verdad.

Antes de terminar la cena decidimos tomarnos una copa de champán y hablar sobre aspectos más personas, más íntimos. Me contó como se había divorciado de su marido hace un par de años, y como había sido incapaz de encontrar un hombre que la satisficiera, en todos los aspectos de la vida. Me contó como se cansó de ello, de esperar.

Durante este tramo de la conversación pude ver como sus ojos color marrón claro se iban encendiendo, una mezcla entre furia y pasión se iban apoderando de ella. Me encató.

Así que había decidido dar una oportunidad a algo que pensó que nunca haría, y el destino, por suerte, me puso en su camino.

Pagamos la cuenta.

El paseo hacia el triángulo fue bastante ameno. Le conté que siempre había querido ir, pero que nunca había tenido ocasión, y que igual que para ella, esa cita era especial para mí. En la entrada del local nos recibido una joven, vestida con un corsé oscuro, una sonrisa infinita y una mirada brillante.

Entramos, nerviosos y guiados por un miembro del personal vimos todo el local, todos los rincones, que más adelantes inspeccionaríamos a fondo. Me gustaba lo que veía, y a ella también, que era lo más importante de la velada.

Nos sentamos en la barra y ambos nos pedimos una copa.

“Estoy algo nerviosa” dijo ella, mi respuesta fue clara. Me acerqué un poco más hacia su figura, apoye una de mis manos en su muslo y con la otra le aparté parte del cabello. Acerqué mi boca a su oído y susurrando le dije “no tienes de que preocuparte”.

Entonces mi boca empezó a besar su cuello, con una fragancia a primavera, a buen tiempo, que me enamoró. Pude ver como con cada beso, con cada pausa, su pelo se erizaba, su cuerpo se movía.

Mi mano izquierda, apoyada en su muslo, también quería participar en esta aventura, también quería relajar a mi nueva amiga. Suavemente, sin hacer casi presión, empecé a acariciar sus piernas, siempre con delicadeza.

Giró su cuello y fueron sus ojos los que me hablaron. Bésame, hazme tuya, es la hora de disfrutar.

Así fue como los dos entrelazamos nuestros labios, como nuestras lenguas, tímidas al principio, empezaron a conocerse. La temperatura iba subiendo en la sala, y esto solo acababa de comenzar.

Ella cada vez estaba más animada, más proactiva, y empezaba a tocarme el paquete. Estaba algo cohibida todavía, pero os aseguro que se acabaría desatando, como nunca antes había hecho.

Durante la visita habíamos visto unos sofás y unas camas en otras habitaciones del local, y sugería que ahí estaríamos más cómodos, y lo estuvimos.

Según nos sentamos en el sofá y dejamos las copas a un lado se me abalanzó encima. Se puso encima de mí y pude ver como su fino vestido había quedado remangado. Entre sus piernas asomaba un fino tanga negro, con un detalle rosa.

Mis manos empezaron a acariciar todo su cuerpo, su cuello, su espalda, sus piernas, su culo.

Llegó la hora de quitarle ese vestido.

Con un movimiento rápido lo levanté y se lo quité. Ahora podía ver su cuerpo entero. Unos pechos turgentes, una cadera ideal y la mirada. Una mirada de puro fuego, eso era lo que más me excitaba.

Mis rápidas manos le quitaron el sujetador, y pude saborear sus pechos. Primero con la punta de la lengua le rozaba suavemente sus pezones, erectos por la excitación. Podía ver como se mordía el labio inferior, podía ver como su cadera se movía, podía sentir el fuego en su interior.

Fuego que también se había apoderado de mí, y es que sus ricos pezones no eran si no la antesala de unos pechos sabrosos, turgentes.

Mi boca estaba ocupada cuando me agarra la cabeza, me mira, me vuelve a besar apasionadamente y me susurra.

-Quiero que bajes, quiero que me lo comas como nunca me lo han comido.

Nos dimos la vuelta.

Ahora ella estaba abajo y yo arriba, aunque iba bajando, poco a poco. Me acercaba a su cintura, con la boca y con las manos. Le quité su tanga, y suavemente mi lengua volvió a la acción.

Cuando la punta de mi lengua toco su clítoris, ya húmedo por toda la situación, pude notar como su cadera, como todo su cuerpo se movía. Me gustaba el sabor, me gustaba el olor, tenía la intención de estar ahí mucho tiempo.

Poco a poco mi lengua iba recorriendo toda la zona, del clítoris pasé a sus labios, mientras mis manos acariciaban sus piernas. El movimiento de mi mano cada vez era más rápido, ambos estábamos excitados, y los dos queríamos llegar al orgasmo.

Se lo lamía de arriba abajo, de abajo arriba, toda mi lengua estaba ocupada, y decidí que era hora de que mi mano entrará en acción.

Mi lengua se centraría solo en su clítoris, mientras que poco a poco, mis dedos entrarían dentro de su ser. Antes de esto, ella tomó mi mano, y se la tragó entera, dejándomela bien húmeda, siendo esto un anticipo de lo que después ocurriría.

Uno a uno fui metiendo mis dedos, moviéndolos, apuntando hacia el clítoris, tenía claro lo que ella quería, y quería que lo logrará. Poco a poco escuchaba como sus ruidos, sus gemidos eran cada vez más altos, y como tenía que morderse el brazo para no chillar. Pero en estos locales, se permite chillar.

Con sus dos manos cogió mi cabeza, y literalmente me empotró contra su coño. “Me voy a correr” repetía, “no pares”. Mi lengua no daba abasto, estaba encantada, y ayudada del subir y bajar de sus caderas íbamos a lograrlo, se iba a correr.

Empezó a jadear, se entrecortada su respiración, estaba cerca.

Un grito de liberación, un movimiento brusco de sus caderas y una relajación de todo su cuerpo fue el aviso que yo necesitaba. Tenía mi boca llena de su rico fluido, y su cuerpo agotado, extasiado.

Los dos nos tumbamos en el sofá, nos miramos, y sin hablar pudimos verlos. Pudimos ver como había disfrutado, como siempre había soñado.

Cayetano – Escort masculino de lujo en Madrid

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